Jerusalen, Viernes 26 de Marzo 2004.

Es un día soleado de primavera. Hace casi una semana, falleció el Dr. Herszel Klepfisz, Mentor y Rector del Instituto Alberto Einstein por varios lustros, había perdido contacto con el desde hacia muchos anos. Desde que salí de Panamá me había prometido que apenas arribara a Israel, iría a dar el pésame a los familiares del Dr.Klepfisz. Es por eso que esa mañana me dirijo, junto a mi esposa, al piso 6 del Maalon Shalom, en Knafei Jerushalaim.

Sus nietas Sharon, Simone y Bernice no reciben con un cálido abrazo. Son simpáticas y vivaces jóvenes universitarias. Miro a mi alrededor. El departamento es pequeño y acogedor, con una espectacular vista de las desnudas y doradas colinas de Judea. Examino el escritorio que confronta esta vista y en el que el Doctor escribiera tantas obras interesantes. Junto a este, hay un armario que sirve de librero, y entre varios tomos, sorpresa, cada uno de los anuarios que correspondían a los anos en que Herszel Klepfisz fuera Rector del Einstein. Cada ano…excepto el de mi promoción, 1970.

Mi mente deja el desierto de Judea y se remonta a través del tiempo y al calor tropical de los anos 50 en Bella Vista. Es uno de mis primeros dias de clases.
Allí empiezo a conocer a los que serian, por doce anos continuos de aventuras Einstianas, mis entrañables compañeros de clase. Con los melodiosos acordes que salen del piano de la maestra Susana de Weibel damos los primeros pasos en el mundo del canto y el baile.

Soy un párvulo al que no le gusta ir a la escuela, ni a kinder ni a tercer grado. Tengo un miedo visceral a la clase de matematicas y a su maestra Aida de Sarmiento; recuerdo que una vez me reto a resolver una resta en el tablero, enfrente de toda la clase; tuve suerte, di con el resultado.

Soy un estudiante regular, los maestros del Einstein nos ensenan que aprender es una tarea difícil, para aprender hay que trabajar, y para trabajar hay que tener diciplina. Que mas se puede agregar a estos primeros anos en donde suspiramos nuestro primer amor, y muchas veces, nuestra primera decepción?

Como dijo el poeta:»El niño es el padre del hombre…» Y ya adolecentes, cruzamos el pasillo que demarca el limite entre los bajos salones de primaria y el para nosotros alto edificio de Secundaria. Entre sus salones nos esperan los maestros y profesores que con paciencia u perseverancia abrirán las ventanas a la civilización occidental. Nuestro Einstein de esos días era un microcosmos que en su vitalidad y diversidad de estudiantes, reflejaba el mundo exterior de la Diáspora. En sus aulas todavía podemos sentir el eco de los profesores que se esmeraban enseñarnos: El Profesor Pineda de química y biología, que con sus ejercicios diarios trato de inculcarnos el espíritu analítico y empírico de las ciencias. El Profesor Worcester de Ingles; lo veíamos venir cada tarde cargando un voluminoso tomo de Literatura inglesa, se pasaba su hora de clases reclamándonos cuentos y poesías. Y como olvidar al que muchos considerábamos el maestro mas pintoresco y carismático, el sin igual Luzmil González Mitre, catedratico de Espanol, estudioso del mas grande caballero que jamas haya cabalgado por el mundo de la novela, el hidalgo de la triste figura Don Quijote de la Mancha. Día tras día mis compañeros y yo los veíamos venir al salón de clases; algunas veces mal humorados, otras resignados, a la difícil tarea de ilustrar e instruir.

Mas que todos los libros y todas las materias, ellos con su ejemplo nos mostraron lo que mas tarde nos depararia la vida.

Y que decir de Marcela Sánchez y su «1», y de muchos otros maestros y profesores con los que nos encontramos a medida que escalábamos salones. Todos tenían sus virtudes y defectos. Basta decir, en honor al espíritu Einstiano, que trataron de dar lo mejor de si al prepararnos a confrontar los futuros retos como padres y ciudadanos.

Mis pensamientos vuelven a Jerusalén y al judaísmo que el Instituto Alberto Einstein nos inculcara. Sentado aquí, en la que fuera la ultima morada terrenal del Dr. Klepfisz, recuerdo sus clases de Historia Hebrea y Pirke Avot. Somos herederos de una tradicion y forma de vida, que en su vitalidad y moralidad, palpita permanentemente en nuestros corzones.

Tal vez falto un poco de enfasis en rituales cotidianos, pero el legado perdura; la Historia Judia es una saga continua y eterna.

Del Einstein nos graduamos orgullosos y seguros de lo que significa ser Judios en estos tiempos contemporaneos.

Antes de terminar la visita, una de las nietas me ofrecio el libro de condolencias. En el escribo: Usted fue mi maestro y mentor. Perdoneme por no haber cumplido con todas sus expectativas. Jamas lo olvidare.