Desde el triunfo de la revolución estadounidense, en 1776, la democracia se ha convertido en la forma de gobierno a la que aspira la mayoría de los países, incluyendo a los de la “primavera árabe” y a las ex repúblicas soviéticas, Tanto es así, que en 2005 más de la mitad de la población mundial vivía en regímenes que se pueden catalogar como demócratas. En ese mismo año, también la mayoría estadounidense pensaba que Estados Unidos (EU) debía participar en la promoción de la democracia en el resto del mundo. Ya en 1992, el politólogo Francis Fukuyama escribía en su influyente libro El final de la historia que, con la terminación de la guerra fría, las democracias liberales debían ser el destino final de cada país en el globo terráqueo. El hombre había alcanzado la plenitud de su desarrollo político. Esta teoría tenía sus opositores. El historiador Samuel Huntington alegaba que el choque de ideologías había sido reemplazado por el choque de civilizaciones. Y después vino septiembre 11 de 2001. ¿Qué paso?

Ya Freedom House promulgaba que la libertad global ha decaído más continuamente que en los últimos 40 años. La fundación Bertelsmann de Alemania aducía que el número de democracias enfermas se había doblado, entre 2006 y 2010. Todo esto aparece en el artículo de Joshua Kurlantzick de The New Republic. Podemos referirnos a varias causas que amenazan la democracia y su función sociocultural como la forma final e ideal de gobierno. En un foro, Tony Blair, ex primer ministro de Gran Bretaña, se refiere a la relación entre crecimiento económico y cómo este afecta las democracias del siglo XXI. Con el desarrollo económico capitalista se crea un mundo más desigual, en donde las finanzas y los bancos se vuelven más grandes que el resto de la economía. Esta desigualdad amenaza la economía, crea polarización y limita la confianza en las instituciones democráticas. Pero esto no explica cómo la mayoría de las ex repúblicas soviéticas han mantenido un régimen democrático, mientras que en Tailandia, con alto crecimiento económico, se hayan dado tentativas de un golpe de Estado.

Otros lectores opinan que los ricos y poderosos determinan el proceso electoral y que se debe limitar los efectos del dinero en la financiación de las campañas políticas. Hasta un lector alega que se gasta mucho tiempo en hacer campañas políticas y menos en gobernar (The New York Times).

Todo esto no explica por qué en países, como Venezuela, Polonia, Georgia, Rusia, etc., los líderes tras ser electos, se vuelvan autócratas. Una vez llegan al poder, es difícil dejarlo. Ethan Kapstein y Nathan Converse, científicos-políticos, afirman que la mejor forma de preservar la democracia es poniéndole limitaciones al poder ejecutivo. Alegan que el sistema de chequeo y balance de los órganos del Estado es la mejor garantía para mantener una democracia funcional. Después de todo, como dijera Winston Churchill en 1947: “La democracia es la peor forma de gobierno, exceptuando todas las demás formas que se han tratado de tiempo en tiempo”.

EZRA HOMSANY

23 de Febrero 2017