No cabe la menor duda. El mundo ha cambiado en estos últimos meses. Lo que se veía como una autopista hacia la globalización y la integración económica está sufriendo terremotos sistémicos.
Basta mencionar lo acontecido, en Gran Bretaña, con el voto brexit. Este país ha decidido dejar la Unión Europea. Donald Trump proponiendo una plataforma populista y nacionalista, y contra todas las predicciones, ha sido elegido para el cargo de presidente de Estados Unidos. Y en Italia, en un referéndum que afirmaba mantener los lazos europeos y otras reformas a la Constitución Nacional, el primer ministro Matteo Renzi ha salido derrotado. El próximo año celebrarán elecciones varios países, como Holanda, Francia, etc., en los que los partidos xenofóbicos antiinmigración esperan obtener bastantes avances.
En poco más de dos años nuestro país tendrá elecciones presidenciales. Los partidos tradicionales propondrán sus usuales candidatos. ¿Cuáles son las características que el electorado panameño exigirá a su nuevo presidente?
¿Seguirá el nuevo patrón europeo y el de Estados Unidos, o se conformará con una simple versión criolla?
Y algo más importante, ¿cómo encauzar, en este nuevo mundo, una economía que históricamente ha dependido de proponer servicios a un entorno integrado e internacionalista, hacia otro más exclusivista y populista? El affaire de los papeles de Panamá manifiesta en algo la influencia de esa tendencia.
Los últimos años no han sido fáciles para una gran cantidad de panameños. Los pronósticos de crecimiento económico del 5% o más, han caído en oídos de un pueblo que en la mayoría de los casos se ha mantenido al margen de tal crecimiento. Y es una característica de la globalización que la distribución de los beneficios no es igualitaria ni muchas veces justa. Es por eso que el descontento ha causado un cambio en las preferencias electorales. La nueva tendencia favorece el proteccionismo y el populismo. Los nuevos líderes apelan al miedo y al descontento.
En la mayoría de los países desarrollados las encuestas pintan un futuro sombrío y pesimista. El reto será, entonces, encontrar el balance entre una política centrista y no, simplemente, de derecha.
Pero hay razones para el optimismo. La democracia, aunque imperfecta, posee mecanismos para que el electorado pueda manifestar sus preferencias. Y está la división de poderes entre los tres órganos del Estado.
Ojalá el futuro nos depare un buen comienzo.
EZRA HOMSANY
8 DE DICIEMBRE 2016